En dos minutos, el DF se convirtió en la capital del dolor

El 19 de septiembre de 1985, vidas, historias, proyectos y futuros, se convirtieron en un recuerdo doloroso y penetrante.

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CIUDAD DE MÉXICO.- La ciudad que se erigía orgullosa rumbo al Mundial de fútbol, evidenció su fragilidad y vulnerabilidad en dos minutos. Un sismo 8.1 grados de grados en la escala de Richter quebró e hizo sangrar al Distrito Federal y a los habitantes. El movimiento descomunal de la naturaleza impuso muerte y destrucción. El silencio del horror de la tragedia únicamente lo rompía el llanto y el sufrimiento de los capitalinos ante la pérdida del ser querido y del patrimonio individual.

No había pañuelos suficientes para secar el llanto del dolor y de la impotencia de saber que un padre, una madre, un hermano, una hija, un familiar, un amigo, una novia, un vecino, se encontraba atrapado entre toneladas de concreto y varilla. Las palabras de consuelo quizá también estaban sepultadas y nadie podía rescatarlas, por eso a los corazones que si seguían latiendo no llegaba la paz.

Nadie quería levantar la mirada, los ojos buscaban sin buscar en el suelo, como una forma de evadir por unos segundos la desgracia. Alzar el rostro implicaba el riesgo de golpearse con la brutal realidad, con el desastre inimaginable.

Se apretaban los ojos y brotaban las lágrimas, como deseando que esa agua limpiara las imágenes de horror y miedo, o bien, empujar con la fuerza de los parpados las escenas aterradoras hasta hundirlas en el rincón más lejano y solitario del cuerpo.

Los abrazos se multiplicaban entre conocidos y desconocidos que compartían el dolor de la ciudad y de los suyos enterrados en escombros, un leve consuelo a la angustia, ansiedad e incertidumbre que los igualaba.

Habrá besos, reproches, caricias, risas, instantes, jamás llegarán, quienes los darían están apilados, otros codo a codo, pero cubiertos con sábanas, oliendo a cloro para esconder el aroma de putrefacción, rodeados de hielo, en un campo de béisbol. Otros más siguen atrapados, apretados, aferrados contra su deseo al caos de construcciones caídas, y jamás podrán darlos.

En dos minutos miles de corazones, vidas, historias, proyectos y futuros, se convirtieron en un recuerdo doloroso y penetrante.

Tras pasmo por la sacudida a la ciudad y la parálisis del pánico de la catástrofe, algunos se sacudieron del polvo y el miedo, a mano y brazo limpia escarbaron como topos entre las piedras y los fierros desgarrados de construcciones que antes embellecieron la ciudad y que quedaron en ruinas dignas de un episodio apocalíptico, para encontrar, rescatar, salvar una vida luchaba, que se resistía a extinguirse.

Sin saber cómo, improvisando y con ingenio, con voluntad y valor, cientos, miles de capitalinos, subieron a los cerros de escombros para retirar a brazos y manos limpia, cada trozo de concreto y varilla que pretendían arrebatarle un latido, un suspiro, a un sobreviviente; también para darle a los muerto la oportunidad de ser despedido por sus familiares, unos más para tener una sepultura digna, porque quién podría llorarle, quizá también pereció en el fatídico incidente.

Las voces del dolor y la desesperación sirvieron para organizar brigadas de rescate, que sólo eran interrumpidas cuando un grito desgarrador que surgía a sus pies, lo que daba confianza e impulso para dar más vida a una vida, a pesar del cansancio.

La Ciudad de México en dos minutos se convirtió en un gigantesco rompecabezas con piezas irrecuperables, que aunque ha sido llenado con nuevas formas, jamás volverá a ser la misma antes del 19 de septiembre de 1985 a las 07:19 horas.

Con información de: http://lasillarota.com

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